Los ojos inquietos de la niña quedaron fijos en su obra de arte, colocó la muñeca sobre el montón de arena y la estiró los brazos de plástico en señal de victoria. Ella se puso en pie y levantó también los brazos. Nadie se paró ante ellas, pero nada las importaba porque lo habían conseguido.
Las ideas volvieron a la ciudad y por las calles se cruzaban de nuevo miradas de optimismo como esperando que en alguna conexión, alguien trajera la solución a este mundo. Mientras, los montones de arena seguían creciendo en los parques sin que nadie se detuviese a contemplarlos.
